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Esperamos porque llevamos la esperanza en las entrañas.
A veces intuimos futuros distintos, otras los soñamos.
Queremos que las cosas sean diferentes.
Hasta nos brotan los buenos deseos
para los que tienen los presentes más sombríos.

¿Qué será todo esto?
¿Solo deseos de tarjetas de felicitación o de anuncios por la tele?
¿Será algo más?

Y es entonces cuando se enciende una luz en nuestra entraña
y escuchamos una voz que, muy hondo, muy dentro, muy suave, nos susurra:
¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué no crecer al Dios de las cosas increíbles?
Y el deseo se convierte en urgencia, en anhelo,
y quema y aquieta a un tiempo.

¿Por qué no hacer sitio en el corazón?
Dios viene y se estremece de gozo toda la tierra.
Dios viene y orienta nuestra mirada hacia su Proyecto.
Dios viene y nuestro corazón se abre por la fe
para creer en paisajes que todavía no existen.